
En el teatro de la política argentina, donde los principios suelen ser tan flexibles como elásticos gastados, la historia de Ángel Soria y Daniela Monzón merece un aplauso por su descaro. Soria, candidato a consejero escolar por La Libertad Avanza (LLA) en Bragado, en 2023, no tuvo reparos en pedir el corte de boleta para
favorecer al intendente Sergio Barenghi, de Unión por la Patria, traicionando así la lista que lo llevó en sus hombros. Pero el verdadero giro de guion llega después: tras la victoria de Barenghi, Soria regresó al redil libertario como si nada hubiera pasado, y fue recibido con brazos abiertos por Daniela Monzón, concejal electa de la misma LLA, quien aparentemente no vio problema en abrazar al Judas de turno. Un traidor VIP.
Este episodio no es solo un sainete de traiciones; es un reflejo crudo de la fragilidad moral que atraviesa a ciertos sectores de La Libertad
Avanza, un partido que se jacta de ser la vanguardia de la «nueva política» pero que, en la práctica, parece reciclar lo peor de la vieja
rosca. Soria, con su maniobra oportunista, no solo traicionó a sus compañeros de lista, sino que pisoteó cualquier atisbo de coherencia
ideológica que LLA dice defender. ¿Libertad?
Sí, claro, la libertad de cambiar de bando cuando el viento sopla a favor. ¿Avanza? Solo si es hacia el mejor postor.
Y luego está Daniela Monzón, la concejal electa que, en lugar de poner un freno a esta inmoralidad flagrante, optó por darle una palmadita en la espalda al desleal. ¿Qué mensaje envía esto a los votantes que confiaron en LLA como una alternativa a la política tradicional? Que la lealtad es opcional, que los principios son negociables y que el fin —mantenerse en el juego— siempre justifica los medios.
Monzón, al aceptar a Soria, no solo valida su traición, sino que expone una falla estructural en el partido: la falta de un filtro ético que diferencie a los oportunistas de los convencidos.
El caso de Bragado no es un hecho aislado; es un síntoma. La Libertad Avanza, que irrumpió en la escena con promesas de romper con las prácticas clientelistas y los pactos bajo la mesa, parece estar cayendo en el mismo lodazal que criticaba.
Si un candidato puede pedir el corte de boleta para un rival y luego volver como si nada, y si una referente electa lo recibe sin chistar, ¿dónde queda la tan mentada «casta» que decían combatir? Parece que la casta no solo sigue viva, sino que ahora viste de celeste y blanco libertario.
La política, dicen, es el arte de lo posible. Pero cuando lo posible incluye traicionar a tus propios correligionarios y ser premiado por ello, quizás sea hora de preguntarse si lo que avanza en LLA es la libertad o simplemente el cinismo. Ángel Soria y Daniela Monzón nos dan una lección: en este juego, la inmoralidad no es un defecto, sino una moneda de cambio. Y mientras los votantes miran atónitos, el telón sigue subiendo sobre este espectáculo de deslealtad y complicidad.