
Hace unas semanas atrás el filósofo Lisandro Prieto Femenia titulado “Abran paso a los
verdaderos superhéroes: los donantes de órganos”, quizás un artículo que me toca de
manera muy personal por lo que voy a detallar en este momento.
En el año 2001, cuando la crisis del gobierno de la Alianza era ya muy evidente, cuando no
había ya forma de ocultar la debacle, y el ajuste a la clase media era cada vez mayor,
cuando los ministros de economía proponían cruentos ajustes sobre la población y cuando
ya la economía se había convertido en una economía de subsistencia, mi hermana Dina
Maysonnave empieza a tener unos síntomas muy raros.
Mi hermana, cuando empieza un viernes a la noche empieza a tener vómitos y reacciones
como de un ataque al hígado, empieza ese mismo día a hacer una dieta blanda (así la llaman
los profesionales de la salud), para ver que efectos tenía en su salud; en un principio, hubo
unos pequeños síntomas positivos, y quizás para las personas más cercanas eran todo un
acontecimiento.
El sábado siguiente, empezó otra vez con los mismos síntomas, fue a un centro de salud que
cubría su obra social y la trataron como si fuera una gripe, y este tratamiento duró algunos
días, y se iba desmejorando mucho.
El lunes 13 de noviembre la internaron en el Sanatorio Mitre, que se encuentra a pocas
cuadras de la estación de Once, y, por lo cual, mi mamá decidió ir conmigo al hospital;
cuando llego a la habitación mi hermana estaba rodeada de cables, por lo que me asusté y
ella en un tono risueño me dijo que iba a estar bien, y que, en ese momento, la estaban
evaluando.
Volvimos con mi mamá a Mechita, y el miércoles 15 de noviembre muy temprano en la
mañana llama mi tía Stella (hermana de mi mamá) para decirnos que la trasladarían a la
Fundación Favaloro, por que en el Sanatorio Mitre no había mucho para hacer, con lo cual
mi mamá se angustió y salimos juntos.
No se como, ni de que manera, siempre lo pensé en mis momentos de soledad o en terapia,
como una inconsciencia adulta, como esos raptos de inmadurez que salen bien, y le dije a
mi mamá: “yo le dono el hígado a mi hermana” esperando que algo, una especie de magia
me salvara de esa situación.
Cuando llegamos nos dijeron que el estado era crítico, y que había entrado en lista de
emergencia del INCUCAI, estaba primera en la lista, que su hígado estaba totalmente
destruido y que necesitaba un transplante urgente.
Ese miércoles a la tarde tanto mi mamá como mi tía, en una crisis de angustia, esas crisis
que afectan visceralmente a las personas y a las familias, se plantearon que si mi hermana
fallecía, los tres viviríamos en Mechita, a lo cual mi madre lloró, y yo como toda persona
que detesta ver el dolor en su máxima expresión (linda metáfora para plantear que me sentí
un cobarde) me fui a tomar el tren a Mechita.
Llegó a Mechita en el tren de la noche y voy a casa, y, por supuesto, cuando todo se viene
abajo, aparecen las promesas que cuando se termina el periplo uno se olvida de cumplirlas
pero acá fue al revés.
El jueves 16 fui a hacer unos trámites a Bragado, pero a las 7 de la mañana me llama mi
mamá y me dijo que desde CABA había organizado todo para que a la tarde fuera a una
bioquímica, que no me acuerdo quien era (pido disculpas) para hacer el estudio para saber
el grupo sanguíneo y casualmente coincidían con el cual había parte del camino sin
obstáculo.
Ese jueves 16 a la noche, me llamó mi mamá que tenía que ir urgente a Capital, mi hermana
en ese momento no podía esperar más, que urgía mi presencia en CABA, que al otro día
empezarían los estudios para poder realizar la operación.
Mi cabeza explotó, mi corazón se aceleró, fui muy rápido a CABA en remise, y me acuerdo
que me sentía disperso, sentía que no iba a poder con esa situación, me sentía (como diría
Nietzsche) un inútil útil, pero me encontraba en una lucha interna, entre actuar o retroceder,
es decir, entre proceder a la operación o no.
Cuando llego me bañé, me acosté, sin saber lo que venía; como es de esperar, en esos
momentos, dormí mal, no sabía que decir, que hacer, me sentía presionado, con un montón
de sentimientos encontrados, con angustia y muchísimo pero muchísimo miedo, pero
(como diría mi papá) tenía que hacerme hombre.
Cuando llego a la Fundación Favaloro, ese viernes 17 tipo 8 de la mañana, m encuentro con
uno de los cirujanos y me comentó lo que me pasaría como donante, pero, que no podía
garantizarme lo que sucedería con mi hermana.
Luego de esos 20 minutos, todavía esperando algo que me salvara de esa situación,
comencé a someterme a un montón de estudios, los cuales atravesé con un montón de
nervios, con muchísimo miedo, con angustia, pero con compañía de mi mamá y de mi tía,
con lo cual sacaron energía para contenerme y acompañarme en mi miedo.
Todos los estudios dieron muy bien, por lo que a las 20.30 me llevaban al quirófano, o sea,
lo que esperaba que me salvara de esa situación no sucedió y tenía que hacerme hombre,
con lo cual todo era inminente, iba hablando con los camilleros de las tonterías que iba
buscando la evasión, y aun todavía había una mínima esperanza de salvación.
La operación duró más de lo esperado, porque como buen taurino retorcido (así me bautizó
mi mamá después de esa situación), tenía el hígado medio dado vuelta, donde las venas
estaban todas cruzadas con lo cual era necesario ir buscándole la forma.
Pero como todo lo que hace un ataque de inconsciencia sale bien, también esto salió bien, y
como plantea al comienzo una frase de Juan Pablo II: “La donación de órganos es el mayor
acto de generosidad, solidaridad y amor que una persona puede hacer por los demás”.
Quizás no les interese leer esta columna, quizás se aburran, pero el ser altruista en un
mundo en una situación tan caótica, el ayudar, el donar, el tener en cuenta al que está
atravesando una situación complicada, hace que seamos humanos y muestra que más
importante que los gobiernos, son los lazos humanos que traspasan todos los límites hasta
los impensados.
PD: Me costó muchísimo escribir esto, por supuesto lo hice con un montón de nervios,
acompañado por mi perra, por el mate, y por los recuerdos que se presentan, y que son raros
porque nos asaltan por sorpresa.