
Se cumplen 49 años del último atentado contra el orden
constitucional, sin dudas de en esta fecha, serán muchos los artículos y actos que refuercen aquél célebre «Nunca más» del fiscal Julio César Strassera en el alegato final del Juicio a las Juntas. «Nunca más» al que adhiero convencido, no hay manera de que la supresión de las libertades conduzca a la felicidad, no obstante, el presente no pretende ser un artículo más de apelación a la «memoria histórica», sino que tendrá su foco en la «deuda histórica».
El «Proceso» duró poco más de siete años, muchos –como quien
escribe– poseen la fortuna de nunca haber conocido otro sistema de
gobierno que el democrático, dado que con sus vicisitudes nuestra
democracia ya goza de más de 41 años. Si bien no podemos afirmar
que es una «antigua democracia», empieza a dejar de correr aquella
vieja excusa de la «juventud e inmadurez» de nuestro sistema.
Recientemente se dio a conocer «Ranking Mundial de Felicidad», de
acuerdo con el World Happiness Report 2025 –liderado por Finlandia por octavo año consecutivo, y nuevamente con los países nórdicos europeos acaparando el top 10–, nuestro país se ubica 42 entre un elenco de 147 países considerados. El estudio lleva haciéndose desde hace unos 14 años, el puesto promedio nacional es 41 con su pico más alto en 2016 (puesto 24) y el más bajo en 2020 (puesto 57).
Libertad, salud, PBI, corrupción, apoyo social y democracia son los
factores que el reporte toma en cuenta a la hora de elaborar el
ranking.
La de 1983 es una campaña muy recordada, sin dudas por el contexto histórico, pero también por ser la primera dónde el marketing político aprovechó a las anchas las ventajas de la «videopolítica» y los sloganes irrumpieron. Uno de ellos fue el de «Con la democracia no sólo se vota, sino también se come, se cura y se educa», lema repetido con insistencia por Raúl Alfonsín en el período electoral y sellada en su discurso de asunción ante la Asamblea Legislativa el 10 de diciembre de 1983. Se podrá pensar que se tratase de una expresión de deseo, aunque muchos han tendido a interpretarla como una promesa, un contrato social en el que la democracia se encargaría de alimentar, cuidar y educar al pueblo, a cambio de que el pueblo tomase a su cargo la responsabilidad de defenderla.
Unos años después, Alfonsín visitaba los Estados Unidos, sorprendido por el discurso de Reagan cuya versión fue distinta de la allegada a Cancillería en la previa, hubo de improvisar en respuesta y dijo: «El hombre para ser respetado cabalmente en su dignidad de hombre, no solamente tiene que tener la posibilidad de ejercer sus derechos y prerrogativas individuales, sino que debe tener la posibilidad de vivir una vida decorosa y digna».
La casa está lejos de estar en orden. Un reciente informe del
Observatorio de Argentinos por la Educación destaca que la cantidad de nacidos en Argentina cayó ¡36% entre 2014 y 2022!, puede que sea parte de un fenómeno global de caída de la natalidad, pero también es el reflejo de una protesta y repulsa a un sistema que debería servir al hombre, pero que por el contrario le ahoga en sus aspiraciones más profundas y más personales.
El informe del World Happiness Report destaca un cambio
preocupante, señalando que «los jóvenes –en Occidente– tienen el
menor nivel de bienestar de todas las franjas de edad». Jan-
Emmanuel De Nave, investigador de la Universidad de Oxford y
coautor del informe, resaltó en una nota para el medio alemán «DW» que «la felicidad debe ser una prioridad política». «La felicidad no es solo un asunto personal, sino que tiene implicaciones directas en la política y la economía. La infelicidad contribuye a la polarización política, reduce la productividad e incluso puede representar un riesgo para la democracia», advierte De Nave. No se trata de un análisis novedoso, en 1985 Alfonsín advertía a Reagan «Pretender de nuestros pueblos un esfuerzo mayor, sin duda alguna es condenarlos a la marginalidad, la extrema pobreza y la miseria. La consecuencia inmediata sería que los demagogos de siempre buscarán en la fuerza de las armas las satisfacciones que la democracia no ha podido dar».
El punto más fuerte de Argentina en el ranking es «apoyo social» en la ubicación 21º, pero respecto de la percepción de corrupción cae hasta el puesto 75º. Muestra cristalina del sentir de un pueblo que confía en sus lazos de solidaridad, pero descree de la clase política.
Estamos nuevamente ante un año electoral, un año en el que somos
convocados a las urnas, citando a Sebastián Boticelli –profesor de
Filosofía de la UNTreF– «la democracia es el libre desafío de tomarnos efectivamente por iguales. En ese sentido, no es una condición a proteger sino un resultado a cuya construcción quedamos obligados».
Construcción que debe hacerse dentro de la ley y el orden, con
respeto de las instituciones y exigiendo a nuestros políticos a que de
una vez por todas estén a la altura de las circunstancias y tiempos que corren y comiencen a dejar de pensar en sus intereses particulares para satisfacer la gran deuda histórica de la democracia Argentina para con el pueblo argentino.
«No hay manera de que la supresión de las libertades conduzca a la felicidad…»
Resulta muy triste saber que los argentinos confían en sus familias, vecinos o amigos, pero descreen de su gobierno (más puntualmente, de sus gobernantes).